35EF2

28 febrero, 2011 at 18:00 (Ikuda, Relatos)

Título: 35EF2
Palabras: 700
Notas: Un texto que escribí para Lunne. Es cortito y chorras, pero me apetecía colgarlo.

De todos los montacargas de la placa central, el 35EF2 era su preferido: era el único que ascendía por la parte exterior de la placa. Mientras subía, lentamente, piso a piso, hasta el Sector F, podía observar todo el sector norte de la ciudad.

Veía luces de todos los colores, encendiéndose y apagándose, parpadeando incesablemente. Desde allí el sector norte parecía el corazón de un macro-ordenador que no iba a dejar de funcionar jamás, respirando información, palpitando descargas eléctricas eternamente.

El montacargas estaba completamente vacío. Normalmente iba lleno de gente: comerciantes de las Lunas de Qotor transportando pieles, capataces de las minas rojas del mar del norte que llevaban diamantes, custodiados por mercenarios de Slythorn, mecánicos de la cúpula que se dirigían al trabajo… Pero esa tarde parecía desierto. Toda la ciudad debía encontrarse en los juegos S4.

Casí podía verlos desde allí. Habían instalado siete enormes gradas y cinco pantallas gigantes alrededor de la antigua estación de metro 678. El estadio improvisado podía acoger a 10.000 personas, y para los que no pudieran asistir al estadio el Nuevo Gobierno de la Ciudad había preparado cinco pantallas más en las plazas que rodeaban a la antigua estación.

Las luces se hacían cada vez más pequeñas, a medida que el montacargas ascendía, pero todavía podía ver la gran explosión de luz de la estación de metro.

Bah, pensó, y se giró hacia otro lado.

Le gustaban los juegos S4, pero estaban perdiendo todo su encanto. Parecía que la gente había olvidado su procedencia. Los juegos S4 no eran más que la forma en la que las antiguas bandas entrenaban a sus miembros para el combate, para la conquista de nuevos territorios. Ahora se habían masificado, el Nuevo Gobierno los había convertido en un entretenimiento de masas y los había regulado completamente. Con protecciones, con barreras de seguridad, con balas inofensivas.

Miró la pantalla que tenía detrás: Estaba a punto de llegar, sólo le quedaban tres pisos. Cogió el aeropatín de su espalda y lo dejó caer. El patín se estabilizó a veinte centímetros del suelo y ella se montó encima. Cuando el montacargas llegó a su destino, con el sonido de metal crujiendo al anclarse, dio un golpe seco con el talón y el aeropatín aceleró violentamente.

No tenía que preocuparse por esquivar a la gente, como tenía que hacer cuando era equeña, porque ya casi nadie subía al último piso del Sector F para quedarse. Sólo los mercaderes que se dirigían a la zona trasera del puerto pasaban por allí y también los mecánicos de la cúpula, pero poca gente más. Hacía años que toda esa zona estaba completamente abandonada.

Pasó por al lado de los Jardines Imperiales, con sus altas fuentes, ahora apagadas. Cruzó la Plaza de la Victoria, que estaba custodiada por el gran Arco del Triunfo, medio derruido y completamente olvidado. Corriendo cada vez más, acelerando hasta el límite. Y por fin llegó a su destino.

Frenó suavemente el aeropatín, y se bajó de él. Le dio un pequeño empujón con el dorso del pie para ladearlo, y entonces lo empujó hacia arriba para poder cogerlo sin agacharse. Avanzó unos metros, caminando lentamente y mirando hacia el cielo mientras anclaba su aeropatín en el enganche de espalda de su traje de neopreno.

Se sentó en el columpio más cercano, y se balanceó lentamente sin dejar de mirar al cielo: todavía tenía ese color púrpura, oscuro, opresivo.
Suspiró con tristeza.

Al menos todavía le quedaba ese parque. Algo que sostenía recuerdos a los que aferrarse. Recuerdos de infancia, de carreras hasta la caja de arena, de empujones en el tobogán y de algún que otro chichón en la cabeza.

La gente ya no quería subir al último piso del Sector F porque tenían miedo de lo que ocurrió. Estaban asustados, querían olvidarlo todo, dejarlo atrás: la guerra, las muertes, la gran explosión.

Pero ella seguía subiendo allí, en busca de paz, en busca de aquella época en la que la gente todavía tenía ilusión por las cosas. Aquellos años en los que podía columpiarse durante horas, sin preocupaciones. En los que el cielo todavía era azul y la ciudad no necesitaba una cúpula protectora para poder respirar.

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